Bendición

Me acuerdo, en Costa Rica, de ir con algunos de mis compañeros de la escuela primaria a visitar a sus abuelos. En vez de decir “Hola abuelita,” la frase era “¡Bendición!” La abuelita generalmente nos acariciaba, o nos tocaba la cabeza, diciendo “Dios te bendiga.” Para mí era un gesto muy cariñoso. Esta es una tradición viejísima, que sé que existe en todos los países latinoamericanos.

Con mi formación protestante al principio, eso de pedir bendición me chocó. Pero después le fui cogiendo el gusto. En realidad es una forma muy bonita de honrar a nuestros padres.

Ahora que vivo en Portland, Maine, en donde la mayoría de la comunidad latina que vive por aquí todavía es de la primera generación, (los que nacimos en Latinoamérica y nos trasladamos a los “yunai,”) hay muy pocos ancianos latinos. He notado que cuando aparece o viene a vivir algún anciano, (o algún padre o abuelo de visita,) todos los demás nos acercamos reflexivamente, yo creo que inconscientemente, a pedir Bendición.

Y es que sin la dirección o guía de nuestros padres y abuelos, y el nido que ese núcleo familiar forja, estamos muy solos por aquí, no tenemos esa generación de ancianos que nos apoyen en nuestro diario vivir, que nos “bendigan” con sus ojos, sus gestos, su aprobación.

Esto se nota especialmente en los inmigrantes más jóvenes; esos muchachos que tienen uno o dos trabajos, todavía solteros, con demasiada plata y sin frenos. Sin el apoyo del pueblo pequeño de donde salieron. En nuestros pueblos pequeños, la misma cohesión social sirve de freno. El dueño del bar sabe cuándo dejar de venderle licor a cada uno de sus clientes. Por ser pueblo pequeño, si pasa algo, alguna travesura a medianoche, el pueblo entero sabe que los autores de esa travesura tienen que haber sido uno de estos tres muchachos…

Pero cuando esos tres muchachos llegan a Portland, ese control social no existe. Sus padres y sus abuelos no están para mantenerlos en línea, directa o indirectamente. Aquí es donde empiezan los problemas de alcohol y drogas, donde nuestros jóvenes pierden el rumbo. Las pandillas, que por ahora no han aparecido en Portland, son otro esfuerzo por crear comunidad, de jóvenes que viven solos, que no reciben en la ciudad donde viven, ningún apoyo familiar, ningún destello de Bendición.

Por eso, nuestras iglesias latinas son tan importantes aquí en Portland. Necesitamos de esa comunidad para que nos sostenga cuando seamos débiles y que nos impulse cuando nos sintamos fuertes.

¡Bendición para todos!

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